Una escapada rápida a Bretaña, donde teníamos ganas de venir desde hace mucho. No nos ha dado tiempo a visitar toda la región en detalle pero hemos podido visitar unas cuantas ciudades y puntos interesantes. Con esta visita más la que hicimos en 2014 a la región del Mont Saint-Michel, a caballo entre Normandía y Bretaña, nos podemos hacer una idea aproximada de lo que representa Bretaña a nivel cultural, histórico y gastronómico.
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Empezamos el viaje por Vannes. Declarada Ciudad de Arte e Historia, es una de las más bellas que hemos visto durante nuestro viaje. El paseo por el casco antiguo, con sus coloridas casas de entramado de madera y fortificaciones medievales, es simplemente encantador.
Llegamos al centro medieval a través de la Puerta de la Prisión de Saint-Patern. Construida en el siglo XIII, la Puerta de Patern marcaba la entrada a la ciudad desde el barrio de Saint-Patern. En el siglo XV se le añadió un puente levadizo (actualmente desaparecido). Durante la Revolución Francesa, la puerta sirvió como lugar de encarcelamiento y pasó a ser conocida como la Puerta de la Prisión. En 1886, una de las dos torres fue demolida y reemplazada por una vivienda. Antes de cruzar la puerta medieval, descubrimos el barrio de Saint-Patern, el más antiguo de Vannes. Se asienta sobre el emplazamiento de la antigua ciudad romana de Darioritum, que data del siglo I a. C. En este barrio hay aun muchas casas con entramado de madera, (hemos visto muchas más en Vannes que en otras ciudades como Quimper).
Desde la iglesia de Saint-Patern, llegamos a los jardines de las murallas. Vannes aún conserva tres cuartas partes de sus murallas fortificadas. Dos torres se añadieron a esta fachada: el Polvorín (siglo XVI) y la Torre del Condestable (siglo XV), la más alta de las tres. Al otro lado del río Marle, encontramos los pasillos de los antiguos lavaderos (siglo XVIII), donde las lavanderas solían lavar la ropa. El edificio, con sus tejas de pizarra, enclavado en la curva del río resulta destacable.
La catedral de San Pedro, de estilo gótico, tiene una historia muy antigua, ya que una primera iglesia de madera se erigió aquí en el siglo V. Asolada por las invasiones normandas, se construyó una iglesia románica en el siglo X, antes de ser modificada nuevamente en estilo gótico y renacentista a partir de 1454. La obra abarcó cinco siglos, lo que explica la mezcla de estilos arquitectónicos. La fachada exterior neogótica (a excepción de la torre norte del siglo XII) fue reconstruida en 1860. La catedral se encuentra en la Plaza Saint-Pierre, rodeada de hermosas y coloridas casas con entramado de madera.
Pasamos por la plaza Valence cuyo nombre, nos decimos, no suena muy bretón. Efectivamente, la Valencia española es la ciudad natal de San Vicente Ferrer quien predicó en Vannes en torno a 1418 y vivió en una de estas casas. En esta plaza encontramos uno de los monumentos más fotografiados del centro medieval: la escultura de piedra de "Vannes y su mujer", integrada en la pared de una casa de principios del siglo XVI. El origen de esta escultura, que representa a una pareja jovial, no está del todo claro. Probablemente era el letrero de una antigua tienda.
Por la tarde decidimos ir a conocer la península de Rhuys y sus numerosos puntos de interés. Con una extensión de más de 10 km y un ancho promedio de 2 km, la península de Rhuys abraza el extremo sur del golfo de Morbihan. Aprovechando que la marea esta baja, frente a la costa de Saint-Armel, pasamos a la isla de Tascon a través de su pasaje sumergible: excursión natural entre praderas y costa rocosa rodeada de marismas salinas (con bastantes pájaros). En sus praderas pastan hermosas vacas Charolais criadas al aire libre por un par de agricultores.
El castillo de Suscinio aparece al final de un recodo, tras una curva en el camino, entre encantadoras casas con tejados de paja. Su ubicación es impresionante: el castillo, rodeado de marismas y bosques, ofrece vistas al mar, más concretamente, a la cala de Landrezac. En el siglo XIII, Suscinio era un priorato alrededor del cual se desarrolló una finca agrícola. Esta se expandió gracias al impulso de los duques de Bretaña, quienes establecieron allí una primera casa señorial. Posteriormente, esta fue remodelada y ampliada hasta convertirse en la vasta residencia principesca que vemos hoy. En su época, fue la residencia predilecta de los duques de Bretaña y Ana de Bretaña. Parece el castillo de un cuento :), pero no se ha asomado la princesa.
El castillo está rodeado por un foso en el que encontramos bastantes "ragondines" comiendo tranquilos. El "ragondin" es una especie de gran roedor, conocido en español como "coipo", que no está demasiado extendido en la Península Ibérica.
Pasando por el puerto de Crouesty que, con 1400 amarres, es uno de los puertos deportivos más grandes de la costa atlántica, al acabar el día, llegamos a Port-Navalo, puerto tradicional bretón -y entrada del golfo de Morbihan- con todas sus pequeñas embarcaciones, donde disfrutamos de una bonita puesta de sol. Hermoso entorno para cenar: o picnic en la playa o restaurante de rico marisco en el puerto.
Dejamos Vannes y nos dirigimos camino de Quiberon. Como anuncian mucha lluvia por la tarde, modificamos un poco los planes y nos vamos a Carnac, a visitar sus famosos alineamientos megalíticos, (que hemos estudiado en el colegio): casi 3000 megalitos con una antigüedad de 6000 años. Es la mayor concentración del mundo, que se extienden a lo largo de más de 4 kilómetros. Tras hacer la visita guiada que nos permite acercarnos a los menhires, y nos da una visión única de la vida y las creencias de los humanos prehistóricos, continuamos explorando la zona por el sendero de 4 km bajo nubes amenazantes.
Un sentimiento místico y profundo nos invade al visitar el lugar. Puede parecer una obviedad pero uno tiene la sensación de que aquí ocurrían cosas importantes, cuando los antiguos decidieron erigir este monumento.
Llegamos al pueblo de Auray. Nos centramos en el barrio y puerto de Saint-Goustan, que parece sacado de una postal. Bajamos por las murallas del Loch, construidas sobre las ruinas de un castillo fortificado, y descendemos hacia el puerto. La vista se extiende hasta los muelles. Se accede a la orilla más pintoresca cruzando el puente de piedra de cuatro arcos del siglo XIII.
La plaza Saint-Sauveur, empedrada, está enmarcada por elegantes casas con entramado de madera y pisos superiores en voladizo. Callejones empinados, salpicados de escalones, conducen al corazón del barrio, con sus fachadas típicas. Enclavado al final de una ría, el puerto de Saint-Goustan ha resistido el paso del tiempo.
Una ciudad histórica que antaño fue un importante puerto comercial que gracias a su ubicación estratégica, prosperó durante la Edad Media gracias a los peajes que se cobraban a los barcos. En los siglos XVI y XVII, el comercio de vino y cereales lo convirtió en el tercer puerto más importante de Bretaña. Aún perduran recuerdos grabados en las losas de granito, que recuerdan que el estadounidense Benjamin Franklin desembarcó aquí en 1776 para reunirse con Luis XVI.
Seguimos ruta y cruzamos a la Península de Quiberon, que sera nuestro punto de partida para Belle-Ile-en-Mer, pero el tiempo no invita a visitas. Bajo el paraguas, nos acercamos de todas formas hasta el castillo de Turpault mientras hacemos tiempo.
Por la mañana cogemos el barco hacia Belle-Île-en-Mer y desembarcamos en Le Palais. Aunque está bastante cubierto, por suerte podemos disfrutar de un dia soleado. Haremos una ruta de 20 kms entre Le Palais y la Pointe des Poulains bordeando la costa que nos llevara por restos históricos, bonitos acantilados, calas atractivas con aguas turquesas (algunas inaccesibles) y playas tranquilas.
Tras bordear el estuario del Sauzon, llegamos a Sauzon, una auténtica joya de la isla, un puerto pintoresco donde es agradable pasear por sus pequeñas calles y sus coloridas casas que esconden tesoros insospechados. Este pueblo pesquero es perfecto para una parada antes de continuar hacia la magnífica Pointe des Poulains, uno de los lugares más bonitos de la isla. Como el día esta despejado disfrutamos de vistas hasta Lorient y la bahía de Quiberon.
Bien cansados volvemos a Le Palais y tras la cena damos un paseo para descubrir su impresionante muralla urbana (tiene un patrimonio histórico militar único en Francia) y su Jardín Botánico.
Para nuestro segundo día en la isla, empezamos la caminata descubriendo las famosas Agujas de Port Coton inmortalizadas por Monet (llamado así porque durante las grandes tormentas, las olas rompen con tanta violencia que la espuma se acumula y vuela en forma de grandes copos espumosos similares al algodón). Monet dijo sobre este lugar que inspiró sus 39 pinturas impresionistas: "¡Es diabólico pero soberbio!”. ¡Los paisajes son impresionantes, estamos de acuerdo con él! El sendero atraviesa una zona costera especialmente escarpada. Más adelante se encuentra una espléndida bahía salpicada de arrecifes e islotes.
Paseo por el puerto (principal puerta de entrada a la isla) y la Ciudadela que domina la ciudad, una fortaleza iniciada a mediados del siglo XVI a la que el famoso ingeniero militar de Luis XIV, Sébastien Le Prestre de Vauban, realizó algunas modificaciones a finales del siglo XVII.
Para acabar el día desgustamos una riquísima galette bretona - no será la única vez durante este viaje - acompañada, como no podía ser de otra manera, de una botella de sidra local. Simple pero efectivo. ¡Ñam, ñam!
Volvemos a tierra firme. Día ventoso, por lo que el regreso en barco es un poco movidito, y confirmamos que somos personas de tierra firme :)
De vuelta a la península de Quiberon volvemos por la Côte sauvage, con sus acantilados y peligrosas corrientes. A pesar del viento fortísimo, damos un paseo por la costa y admiramos un arco bastante fotogénico. Como la marea está subiendo no se puede bajar a la playa.
La siguiente parada es en Pont-Aven. Comenzamos por el paseo del Bois d'Amour, un camino agradable a la sombra de los árboles y la frescura del río Aven, cuyo curso seguimos. Los pintores (incluido Sérusier por su pintura El talismán, pintada en 1888, expuesta en el Musée d'Orsay) vinieron aquí para inspirarse en la luz natural filtrada por los árboles y los matices de color.
Aprovechando la invención del tubo de pintura (1841), artistas, principalmente postimpresionistas, acudieron a montar sus caballetes al aire libre. Venían aquí para buscar y encontrar calma, pintoresca y cierto exotismo (barato y no muy lejos), la luz y los colores de los paisajes (puerto, río, campos, playa...) pero también escenas de la vida cotidiana. Entre los pintores más ilustres de lo que se ha llamado la escuela de Pont-Aven se encuentran Maurice Denis, Paul Sérusier, Émile Bernard y especialmente Paul Gauguin, antes de partir hacia Tahití, alojándose en la pensión Gloanec y pagando en pinturas.
El museo de Pont-Aven honra este periodo próspero. Desde entonces, esta notoriedad se ha perpetuado apodando al pueblo bretón "la ciudad de los pintores". Así, una multitud de galerías de arte (comerciantes que huelen el potencial comercial de la marca chic...) adornan las aceras. En Pont-Aven, todo ocurre a lo largo del río, el Aven. El corazón del pueblo se recorre rapido. Después paseíllo por el paseo Xavier Grall con sus pequeños puentes peatonales sobre el río. Río arriba, el caos del Aven, una composición geológica de rocas que emergen del lecho como un gólem bretón, tiene su encanto.
Un poco más abajo, algunas casas de piedra muestran su encantadora arquitectura mientras las pintorescas vistas del Aven se multiplican. Llegamos al antiguo molino Grand-Poulguin. En una ocasión se dijo que Pont-Aven tenía "14 molinos y 15 casas". Los molinos de agua, alimentados por las cascadas del Aven, hicieron prosperar el pueblo antes de la llegada de los artistas. Quedan cuatro, incluido el Moulin du Grand Poulguin, transformado en restaurante. Este molino se utilizó como decorado para la película "Les Galettes de Pont-Aven".
Seguimos hacia Concarneau. Al llegar, bordeamos el puerto y llegamos al campanario, con su hermoso reloj, instalado en la entrada del casco antiguo. Es el símbolo de la ciudad.
La Ville Close es el corazón histórico. Si Concarneau es uno de los pueblos más bellos de Bretaña, en parte es por sus fortificaciones militares. Hoy en día, el casco histórico conserva sus antiguas casas, y nos transporta a otra época: casas de granito, casas entramadas de madera, capillas. Nos recuerda un poco a Carcassonne. Clasificada como Monumento Histórico en 1899 gracias a sus habitantes y artistas, las fortificaciones han sobrevivido a dos amenazas de destrucción. La Place Saint-Guénolé es bastante encantadora, rodeada de antiguas casas y salpicada de jardineras.
Nos subimos a la muralla; el paseo es agradable. El sendero no permite hacer todo el recorrido por las murallas. Con 980 metros de longitud, las murallas te llevan hasta las 9 torres, ofreciéndo un magnífico panorama de la bahía y parte de Concarneau.
Llegamos a Quimper, capital del departamento de Finisterre, ciudad más al oeste que visitaremos en este viaje. Llama la atención la imponente catedral de Saint-Corentin, de estilo gótico y construida entre el siglo XIII y el siglo XIX, con sus impresionantes flechas.
Casas típicas del Viejo Quimper, con sus entramados de madera.
Aprovechamos que nos encontramos cerca de la costa atlántica para visitar la Pointe du Raz, extremo occidental del cabo Sizun, que toma su nombre del Raz de Sein, el peligroso estrecho que lo separa de la isla de Sein. Se caracteriza por un fuerte oleaje y la presencia de corrientes de agua y vientos muy fuertes.
Aquí el tiempo es más bien desapacible, el viento sopla con muchísima fuerza, pero la vista panorámica es magnífica.
Locronan, cuyo centro histórico está compuesto de grandes mansiones de granito y donde destaca la torre cuadrada de su iglesia, prácticamente torre de homenaje fortificada. Durante los siglos XV a XVII fue un importante centro comercial debido a la producción de lona para velamen en Bretaña.
La capilla de Notre-Dame-de-Bonne-Nouvelle, en Locronan.
Enclavado entre páramos y bosques, Rochefort-en-Terre esta encaramado en un promontorio rocoso, y está considerado uno de los pueblos más bellos de Francia. Por doquier, geranios y hiedra adornan la piedra con sus coloridas flores. Aquí, cada detalle está cuidadosamente pensado. Calles empedradas, letreros con estilo: el pueblo parece una pequeña joya escondida en el corazón del Morbihan. La preciosa Place du Puits y la Rue Saint-Michel están llenas de casitas con molduras con mucho encanto que te invitan a un viaje en el tiempo. El casco antiguo es completamente peatonal y está lleno de boutiques, galerías y talleres artesanales.
El castillo, construido en el siglo XII, sufrió tres destrucciones, quedando reducido a ruinas. Pero a principios del siglo XX, el pintor estadounidense Alfred Klots utilizó las dependencias anexas para transformarlas en una casa señorial y pronto convirtió el pueblo en un lugar de encuentro para artistas.
Para acortar el viaje de vuelta decidimos hacer noche en Nantes y aprovechamos para visitar, rápidamente, los principales puntos de interés de esta ciudad que ya tuvimos ocasión de ver en 2014 como hemos comentado.
Visita de la catedral de San Pedro y San Pablo (en obras por un incendio en 2020), el Castillo de los duques de Bretaña que es uno de los lugares más representativos de Nantes, edificio que destaca por su grandeza y gran belleza, con murallas, torres y un gran foso que lo rodea. Tras un paseo por su muralla contemplando las vistas, nos vamos a callejear por el céntrico barrio medieval de Bouffay (muy animado) entre callejuelas, plazas y edificios señoriales.
"Le Lieu Unique", centro de cultura contemporánea, creado en Nantes el 1 de enero del año 2000, e instalado en la antigua factoría de la famosa marca de galletas LU, cuyas iniciales son las del actual centro de cultura.
Paso obligado por el Pasaje comercial de Pommeraye (construido en 1843 con predominio del cristal y el hierro forjado). Cuenta con tres niveles y su decoración de inspiración neoclásica presenta una gran armonía y belleza. Este pasaje se construyó con un trazado en pendiente de 9,4 metros a través de una monumental escalera que recorre sus tres niveles.
Despedimos las vacaciones con unas ricas ostras. Después nos daremos un agradable paseo por la orilla del Edre (Nantes tiene 2 ríos: el Loira y el Edre).
Al día siguiente, visita obligada a "Les Machines de l'île" para descubrir su famoso elefante mecánico, primo de nuestro querido minotauro de la Halle de la Machine :)
... y nos volvemos para casa, así que aquí se acaba esta breve escapada por tierras bretonas.
Kenavo ar wech all!
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